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Pajarito Simón

El cuento del Pajarito Simón

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Érase una vez un pequeño lorito de esos que se conocen como “inseparables”. Era de color amarillo intenso y lucía una hermosa franja naranja justo encima de los ojos. Se llamaba Simón, y lo que más le gustaba en el mundo era volar libre fuera de su jaula y jugar al escondite con su mejor amiga, que resulta que era yo.

Encontré a Simón en una pajarería, había nacido hacía dos semanas, y por tanto no podía volar aún, pues era muy pequeñito. Cuando le cogía entre mis manos para darle de comer, le recuerdo tembloroso y asustado. Alguna vez incluso sentí cómo se hacía pipí encima de mí, seguramente del miedo que tenía siendo tan chico, alimentado por una mamá tan enorme.

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Pero poco a poco Simón fue creciendo y sus alas se hicieron grandes. Muy pronto ya podía volar por toda la casa, y también comer solo. Le compré una jaula preciosa con muchos juguetes y un columpio dentro para que pudiera vivir con todas las comodidades. Incluso dos veces por semana le ponía una bañerita con agua para su aseo personal y cada sábado le compraba una chuchería especial para pájaros. La verdad es que no le faltaba de nada, o por lo menos es lo que yo me decía a mí misma, porque lo cierto es que lo que él más amaba era ser libre. Yo le dejaba salir de la jaula todo lo que podía, y, como era un inseparable, normalmente venía a posarse en mi cabeza, o en mi hombro, o por la noche en invierno se metía dentro de mi bata, y se quedaba dormido en un rincón de mi pijama.

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Recuerdo que únicamente se separaba de mí cuando yo pretendía devolverle a su jaula, o me empeñaba en bañarle si él llevaba días sin hacerlo. Cuando le dejaba libre siempre volvía a mí. De manera que empecé a dejarle todo el tiempo posible fuera de la jaula. Cuando yo escribía él me acompañaba; cuando regaba las plantas volaba alrededor; cuando hablaba por teléfono se ponía a darme pequeños picotazos en la oreja, como si me dijera: “hazme caso a mí, hazme caso”. Cuando me encontraba triste, él  secaba mis lágrimas con su pequeña lengüita y así me consolaba.

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Con el tiempo Simón y yo éramos una familia. Yo estaba convencida de que nunca, nunca, se iría de mi lado, así que comencé a dejarle volar por todas partes dentro de casa, incluso con las ventanas abiertas, y él no se marchaba. Pero un día se me ocurrió sacarle fuera a la azotea, para que pudiera disfrutar de la sensación de ser libre, sin paredes ni techos alrededor.

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Me puse a tender la ropa con el pájaro en mi hombro, sin preocuparme ni temer nada. Y entonces, en un instante prodigioso, Simón salió volando por el cielo, entre los tejados de las casas. Voló y voló, y a pesar de mis llamadas, no volvió. Me quedé muy triste esperando su regreso durante semanas, y luego pensé: Los pájaros nacen para ser libres, no para estar enjaulados. Su propósito es poder volar, crear su propia familia, construir sus nidos… Y así pasó el tiempo y yo me acostumbré a su ausencia.

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Varios años después decidí dedicarme a escribir cuentos personales, y encargué el diseño de un logotipo, una imagen que me identificara. Cuál sería mi sorpresa cuando vi a Simón dibujado fuera de una jaula, volando para posarse justo en la t de ti. Del amarillo solo le quedaba el ala, el resto era azul como los cielos que seguro había sobrevolado. Y el naranja de encima de sus ojos estaba ahora en mis letras. Cuento para ti nace del amor de mi corazón, justo del mismo lugar en donde Simón se quedó.


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